Existen múltiples criterios de clasificación de las fuentes de financiación de que disponen las empresas. Desde el plazo de los citados recursos —financiación a corto y a largo plazo—, hasta el origen los mismos —financiación propia y financiación ajena. Será precisamente este último criterio el que utilicemos para estudiar, en este y el siguiente capítulo, las diferentes alternativas con que cuentan las empresas, y los directores financieros como responsables últimos, a la hora de decidir cúal es la mejor estructura de capital para su tipo de negocio.
Las diferentes formas de financiación de las inversiones empresariales se pueden agrupar en siete grandes conjuntos de fuentes que tienen características bien diferenciadas, y que por ello permiten apreciar la estructura financiera de una empresa:
La autofinanciación es el recurso que más potencia la empresa, puesto que supone la reinversión de los recursos generados, pero tiene que compaginarse con la adecuada remuneración a los capitales propios y considerar cómo influye la fiscalidad en esta forma de financiación. La autofinanciación no tiene ordinariamente un objetivo de financiación concreto, es decir, que constituye un reforzamiento general de los recursos propios, cuyo destino será el que convenga en cada momento, si bien es normal que se utilicen para cubrir en parte el coste de nuevas inversiones. Se exceptúan las reservas técnicas u obligatorias para fines específicos.
La elección entre fuentes de recursos propios o ajenos vendrá determinada por el efecto de leverage (apalancamiento) y la estructura de los recursos. Si tanto uno como otra son favorables, indiscutiblemente el uso de recursos ajenos aumentará la rentabilidad de los propios. Si uno de estos condicionantes no es favorable, habrá que seleccionar el medio más adecuado de financiación con recursos propios.
Finalmente, la innovación financiera y la desintermediación conducen hacia un uso más intensivo de los instrumentos propios de los mercados de capitales para la captación de recursos ajenos en los conglomerados empresariales, así como en las grandes independientes. Hay que advertir, sin embargo, que las emisiones de deuda bajo cualquier forma (bonos, obligaciones, pagarés, etc.) tropiezan con la barrera del riesgo. En efecto, sólo las empresas públicas y los grandes conglomerados multinacionales gozan de calificaciones de solvencia que les permiten un elevado grado de independencia del crédito bancario directo, pero no sucede lo mismo con la gran mayoría de las empresas que si emiten, lo han de hacer a costes elevados y a través de una intermediación con aseguramiento por parte de entidades de crédito. De hecho, éstas promocionan la cesión de créditos o titularización de activos crediticios porque les permite sacar el riesgo de balance, conservando sin embargo aceptables márgenes de intermediación.
Desde el punto de vista de los instrumentos o valores concretos en que se materializan estas formas de financiación, ya sean propias o ajenas, en el siguiente esquema se recogen, sin ánimo de exhaustividad, los principales productos que existen en el mercado de obtención de fondos.
Las diferentes formas de financiación de las inversiones empresariales se pueden agrupar en siete grandes conjuntos de fuentes que tienen características bien diferenciadas, y que por ello permiten apreciar la estructura financiera de una empresa:
- La autofinanciación, que es el empleo de beneficios retenidos por las empresas para destinarlos a costear inversiones en bienes de inmovilizado o incrementar el circulante, y que aparecen en balance bajo diferentes formas de reservas.
- La ampliación de capitales propios mediante la admisión de nuevos socios o nuevas entregas de capital de los existentes, bien directamente o por medio de emisiones públicas de acciones o participaciones de entidades de financiación con capital riesgo. Estos recursos se orientan a inversiones permanentes o ampliación de actividades o tomas de participación en otras empresas.
- La obtención de recursos cuasi-propios o a largo plazo, constituidos por emisiones de obligaciones convertibles o con warrants de opción de suscripción de acciones, que potencialmente pueden incrementar los capitales propios; bonos u obligaciones subordinadas, y diferentes formas de emisión de deudas perpetuas o créditos participativos a largo plazo. La utilización de estos fondos tiene destinos análogos a los captados como recursos propios, esto es la realización de inversiones.
- La obtención de recursos ajenos mediante créditos o préstamos, a corto, medio y largo plazo, de entidades bancarias y otros intermediarios financieros, tanto para financiar en parte inversiones permanentes como necesidades conyunturales, de campaña o de apoyo al circulante.
- La emisión de obligaciones, bonos, cédulas, etc., en forma de empréstitos reembolsables para obtener grandes sumas de préstamos a medio y largo plazo, como medio para financiar en todo o en parte nuevas inversiones, y también emisión de pagarés a plazo corto o medio para atenciones de tesorería.
- El crédito interempresarial obtenido por el aplazamiento usual en el pago a proveedores y acreedores, que contribuye a la financiación del fondo de maniobra.
- Como medio excepcional, algunas empresas pueden contar con subvenciones de capital para determinadas inversiones.
La autofinanciación es el recurso que más potencia la empresa, puesto que supone la reinversión de los recursos generados, pero tiene que compaginarse con la adecuada remuneración a los capitales propios y considerar cómo influye la fiscalidad en esta forma de financiación. La autofinanciación no tiene ordinariamente un objetivo de financiación concreto, es decir, que constituye un reforzamiento general de los recursos propios, cuyo destino será el que convenga en cada momento, si bien es normal que se utilicen para cubrir en parte el coste de nuevas inversiones. Se exceptúan las reservas técnicas u obligatorias para fines específicos.
La elección entre fuentes de recursos propios o ajenos vendrá determinada por el efecto de leverage (apalancamiento) y la estructura de los recursos. Si tanto uno como otra son favorables, indiscutiblemente el uso de recursos ajenos aumentará la rentabilidad de los propios. Si uno de estos condicionantes no es favorable, habrá que seleccionar el medio más adecuado de financiación con recursos propios.
Finalmente, la innovación financiera y la desintermediación conducen hacia un uso más intensivo de los instrumentos propios de los mercados de capitales para la captación de recursos ajenos en los conglomerados empresariales, así como en las grandes independientes. Hay que advertir, sin embargo, que las emisiones de deuda bajo cualquier forma (bonos, obligaciones, pagarés, etc.) tropiezan con la barrera del riesgo. En efecto, sólo las empresas públicas y los grandes conglomerados multinacionales gozan de calificaciones de solvencia que les permiten un elevado grado de independencia del crédito bancario directo, pero no sucede lo mismo con la gran mayoría de las empresas que si emiten, lo han de hacer a costes elevados y a través de una intermediación con aseguramiento por parte de entidades de crédito. De hecho, éstas promocionan la cesión de créditos o titularización de activos crediticios porque les permite sacar el riesgo de balance, conservando sin embargo aceptables márgenes de intermediación.
Desde el punto de vista de los instrumentos o valores concretos en que se materializan estas formas de financiación, ya sean propias o ajenas, en el siguiente esquema se recogen, sin ánimo de exhaustividad, los principales productos que existen en el mercado de obtención de fondos.