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martes, 4 de diciembre de 2007

La Autofinanciación

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Los recursos o fuentes de financiación propias están constituidos por los recursos financieros aportados, tanto inicial como sucesivamente a través de ampliaciones de capital, más los recursos generados por la propia empresa que permanecen en su poder. Los componentes de esta financiación propia son: el capital, las reservas, las provisiones de pasivo y los resultados pendientes de aplicación. De todos estos elementos, sólo las provisiones de pasivo tienen carácter de exigible, mientras que el resto son no exigibles. La autofinanciación, como parte de las fuentes de financiación propias, se corresponde con la generación de nuevos recursos financieros por la unidad económica. Una vez obtenido el resultado del ejercicio y remunerado a los agentes económicos que participan en el proceso productivo, quedará el resto de libre disposición para la empresa, autofinanciación que beneficiará la estructura y funcionamiento del sistema de gestión, y reportará ventajas futuras a todos los partícipes.
La autofinanciación también puede considerarse como la parte de los beneficios, o de los recursos generados, que permanece en el seno de la empresa, es decir, los beneficios no distribuidos, que pueden tomar la forma de reservas, los fondos de amortización y las provisiones. Esto es lo que se denomina autofinanciación bruta o global. Pues bien, de esta autofinanciación podemos distinguir entre autofinanciación de mantenimiento y autofinanciación de enriquecimiento.

Cuadro 1 (Click para ampliar)

La autofinanciación de mantenimiento está constituida por aquellos fondos que garantizan una continuidad en la cantidad de Patrimonio Neto o Activo Neto de la empresa, es decir, mantienen intacto el valor real de la empresa. Como es lógico, esos fondos de mantenimiento son los creados por las dotaciones a amortizaciones, las provisiones y cualquier otra cuenta de correcciones de valoración.

Figura 2 (Click para ampliar)

Por su parte, la autofinanciación de enriquecimiento es la destinada a aumentar la potencialidad de la empresa. Está constituida por los beneficios no distribuidos y ahorrados, es decir, las reservas y el exceso de fondos de amortización sobre la depreciación económica y de las provisiones sobre los riesgos y gastos a cubrir.
Por tanto, las reservas constituyen los beneficios retenidos y acumulados en la empresa, configurándose como una fuente de financiación interna. Sin embargo, existen múltiples clases de reservas, algunas correspondientes a otra procedencia distinta de la retención de beneficios, y así tendríamos las reservas motivadas por operaciones de capital, como pueden ser las procedentes de ampliaciones de capital, o por revalorización de activos y minusvaloración de pasivos.
Sin entrar en detalle en cada uno de los tipos de reservas que existen, a continuación presentamos esquemáticamente una clasificación de las mismas.
Sobre los conceptos de coste de capital de los recursos propios, coste de la deuda y estructura financiera óptima ya se habló en el apartado dedicado a las decisiones de financiación, por lo que aquí no realizaremos mayores comentarios sobre dicha materia. Además, sobre la estructura financiera de las empresas españolas y su coste financiero hablaremos en el apartado introductorio de la próxima sección. Por todo ello, para finalizar este epígrafe sólo efectuaremos unos breves comentarios sobre la elección entre
fuentes de financiación internas y fuentes de financiación externas.
Se trata ésta de una disyuntiva típica en finanzas por parte de los teóricos, pero que se produce igualmente en la práctica. No existe una respuesta general, y serán las circunstancias concretas de cada caso las que determinen la elección entre una u otra alternativa o, lo más lógico y normal, una combinación de ambas.
Muchas empresas ni siquiera tendrán esa posibilidad de elección, pues al acceso al crédito externo viene proporcionado, la mayor parte de las veces, por la capacidad de pago y la solvencia de la empresa que lo requiere. De esta forma, las empresas pequeñas se encuentran muy mediatizadas a la hora de acudir, por ejemplo, al banco para pedir un préstamo, pues son múltiples las condiciones y requisitos que deben cumplir, y que dan buena fe algunos de los capítulos de que consta esta obra, por lo que, en su caso, el acudir a la financiación propia es, además de más fácil, menos oneroso, puesto que, precisamente su escasa solvencia provoca un coste superior en las fuentes ajenas.
Todo lo contrario ocurre con las empresas de gran tamaño, seguramente presentes en los mercados de valores, que han de remunerar adecuadamente a sus accionistas a través del reparto de dividendos, por lo que la autofinanciación de la que pueden disponer es escasa.
Adicionalmente, su enorme estructura empresarial les proporciona una solvencia que provoca una disminución en el coste de la financiación ajena, haciendo decantarse mayoritariamente por esta fuente por las dos razones apuntadas.
Entre estos dos extremos se encontrarán múltiples posibilidades, debiendo en cada caso valorar el coste de cada una de las fuentes de fondos disponibles, lo que vendrá determinado por la solvencia de la empresa; así como la capacidad de crédito de que se dispone.

Cuadro 2 (Click para ampliar)
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